Otro año menos

Por fin se acabaron las malditas navidades. Cada año son más absurdas, tienen menos sentido y molestan más. La orgía oficial de consumismo ya empieza a ser insultante; que no se les ocurra otra cosa que el seguir promoviendo un modelo que nos lleva al desastre es, además de obsceno, preocupante por lo que a nuestros “responsables” económicos se refiere. Nos cuentan que no tienen más ideas, que no tienen soluciones.

Las malditas lucecitas, las malditas casetitas de regalos y adornos cutres que no han dejado una plaza sin invadir, las malditas pelucas de payaso, los malditos rebaños de paletos compradores con sus putos coches, las malditas gentes que te llaman después de no haberte visto en todo el año… porque no les quieres ver, y lo saben. Esto cansa y cabrea.

Este año, las navidades han sido bastante benévolas conmigo; no hemos hecho cena “de empresa”, no he gastado ni un céntimo en lotería, no he hecho ningún regalo ni tampoco lo he recibido.

Me consuela saber que, cada año que pasa, este circo tiene los días contados. Sin el vínculo cultural-religioso, ¿por qué iba nadie entrar en esta vorágine de consumo y compromisos institucionales? En dos generaciones, sólo un puñado de retrógrados tendrán algo que celebrar y nos dejarán tranquilos al resto.

Y por eso hay tanta gente feliz cuando llega el 7 de enero.

La foto nos la regaló la chavalería ateniense el año pasado.
La tira es del gran Mauro Entrialgo.

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