Decadencia, decadencia…

Durante los días que estuvimos en Oporto,  la orgullosa capital del norte portugués, nos acompañó un gris infinito y amenazante en el cielo. Otoño en la puerta del Atlántico.

Oporto es decadente. En ciertas partes, se cae a pedazos. Humedad, letreros de tipografías demasiado viejas, como un decorado abandonado. Hace falta una marcha más lenta para pasear, para todo.

El azulejo es un encuentro frecuente en las casas de los barrios viejos, y siempre falta un azulejo. Cuestas de adoquines irregulares, torres fantasmales, pequeños bares escondidos tras las esquinas… Sombras gentiles y húmedas.

Decadente, decadente. Y muy frágil, como si cada pequeña cosa pudiera acabarse de repente y volverse normal y vital y europea. Lo difícil es no hacer el amor en Oporto.

En Miragaia, más al oeste, después de caminar por calles olvidadas,  encontramos un jardín donde encerrar todo el otoño, toda la melancolía, toda la saudade. En el vino encontramos las mil palabras que nos faltaban para definir la ciudad. Pero no las recuerdo sin vino. También había un puente que se miraba desde abajo, y cafés modernistas llenos de poetas recordados y un río, siempre, un río.

Decadencia, hermosa decadencia… Que no te cambien, Oporto.

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