Una montaña en Maalula

Maalula es un pueblecito a apenas 40 minutos de Damasco, en Siria. Es una excursión barata y agradable, que se hace en una mañana y viene bien para sacarse un poco de encima el bullicio de la capital. Llegar cuesta 25 liras sirias (30 céntimos de euro) en un minibús que se coge al norte de la ciudad vieja.

Hay tres cositas que ver en Maalula: la iglesia de Santa Tecla, la de San Sergio (una en cada esquina del pueblo) y la hoz que comunica las dos (las de Beteta y Priego, en Cuenca, le dan mil vueltas). Se pasa algo de calor, se visitan dos iglesias y se da un agradable paseo protegido por la sombra y el fresquito de las paredes de piedra. Uno vuelve a la placita del centro, se toma una Coca-Cola (no suele haber en Siria; aquí sí, para los turistas) bajo el retrato de Bachar, contemplando las casitas pintadas de añil y amarillo y se vuelve a Damasco.

Pero.

A mí se me hizo corto. Mientras volvía de San Sergio iba maldiciendo la corrupción que permite un horroroso hotel que, además, ha vallado el mejor mirador sobre el pueblo. Había otra montaña, justo encima de Santa Tecla, que ahora podía ver. Demasiado escarpada para subir ni construir nada y donde daba tanto el sol que desanimaba a los turistas a subir. Me subí.

Al principio de la ladera encontré familias sirias de picnic, me saludaron muy educados y perplejos porque, desde que puse los pies fuera del camino, salí del circuito acotado para extranjeros. Nunca me costó tan poco. La subida fue jodidita; 45 minutos con un solazo de justicia y unas de rampas de 45º (algunas, más). Y llegué, me senté, tiré fotos, bebí agua, me dio la brisa, me quemé la cara y me regalé media hora larga de mirar al horizonte. Desde esa altura, Maalula es realmente bella y recuerda (momento para frikis) al abismo de Helm de “El Señor de los Anillos”.

Decidí comenzar a bajar al verme rodeado de ovejas. Y detrás de las ovejas vino el pastor; un señor de unos 70 años que triscaba por la ladera mejor que su rebaño, que se vino hacia mí, me dio la mano y consiguió hacerme entender que estaba casado con una irakí y que fumar no es bueno. Me maldije mil veces por no hablar árabe. Le ayudé a bajar las ovejas con una especie de sonajero que hice mirándole a él: una botella de plástico llena de piedrecitas. Así, fuimos bajando y nos despedimos. Unos metros más abajo me esperaba otro pastor, un hombre de mediana edad. Nos sentamos y estuvimos dibujando en una piedra dónde estábamos y de dónde veníamos. Siria y España, los Omeyas, hermanos, bienvenido, musulmanes y cristianos, civilización.

Viajando, las mejores cosas siempre pasan cuando uno se sale del camino marcado, por muy inocente y turístico que éste sea. Ya casi era de noche cuando acabé de bajar mi montaña, así que busqué otro minibús y volví a Damasco. Continué el proceso de relajación en un hammam, pero esta es otra historia.

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2 comentarios to “Una montaña en Maalula”

  1. Muy bonita esta entrada en el diario.
    Un abrazo, camarada.

  2. Isn’t it nice to offer during Holiday seasons because it is all about presents and gift wrappers. This will be the greatest surprise she will ever have. You can also choose the number of pieces you need your puzzle to have.

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