El cine simple es algo que pasa muy a menudo y hay que convivir con ello. Lo inaceptable son insultos a la inteligencia como el último trabajo de Clint Eastwood, un tipo al que yo le exijo mucho más. Una patochada digna de Disney que rezuma un etnocentrismo barato; de tienda de chinos, precisamente.
Y es que los buenos son taaaan buenos y los malos son taaaan malos. Y claro, los buenos son buenos porque son amiguitos del blanco y quieren ser como él. Los chinitos, taaaan tontos, que se postran, reverentes, ante el valor y los principios del blanco. ¿Cómo se come que un tipo que ha sido un animal fascista durante 50 años se ponga a comer rollitos de primavera con un grupo de octogenarias hmong? Y luego la escenita de Clint en un party adolescente que da ganas de salir de la sala. Las miradas con la niña mona de turno supongo que no pretenderían crear ningún tipo de tensión sexual, porque eso tiene un nombre y no es muy bonito.
Un protagonista creado en una coctelera mezclando la actitud de “Harry el sucio” con el arrepentido de “Sin Perdón”. Solo faltaba que se liara con la abuelita china de al lado para tener nuestra dosis de “Los puentes de Madison”.
Chistes racistas y sexistas a paladas, pretendiendo ser graciosos, normalizando lo chabacano y las peores actitudes inimaginables, como si fuera posible ser una persona digna de ese nombre despotricando constantemente contra todo lo diferente. Pero “this is Spain” y aquí llueve sobre mojado, ya se les había ocurrido a algunos que es posible ser un fascista repulsivo, cantando las glorias de la unidad de la patria y la defensa de la pobre y maltratada lengua imperial junto al buen rollito pseudo-progre (¡qué barato se ha puesto ser “progresista” en este país!) presentado todo en un envoltorio mediático bien diseñado con la cara de alguien que lo único que puede aportar de su currículo político es estar amenazada por ETA.
Gran Torino puede ser la película de cabecera de cualquier votante de UpyD; simple y previsible hasta el paroxismo, reaccionaria hasta la nausea pero con un logo fucsia y una payasa televisiva que les haga pensar que se puede ser un buen demócrata (¡qué barato se ha puesto ser “demócrata” en este país!) sin dejar de ser un cerdo nazi lleno de prejuicios. La alternativa a la nada resulta que es… más de nada, pero con otro envase. Si Torrente se presentara a las elecciones (adivino en las lista de qué partido) le recomendaría que empezara por ver esta peli.
2009. Si el arte imita a la naturaleza, el fútbol imita a la sociedad. El Real Madrid como ejemplo de lo más patético. En la empresa de desarrollar un estilo propio que pueda, a medio o largo plazo, suponer una alternativa a este divino Barça que estamos disfrutando, no existe un club en el mundo que tenga que currárselo tan poco para encontrar una filosofía en la que reconstruir su grandeza. Al Real Madrid con tirar de su historia le basta. Pero no, opta por seguir huyendo hacia adelante, por un modelo que lo ha llevado a la ruina deportiva y la miseria institucional. Opta por más de lo mismo, por el “ser superior” de recetas fracasadas (¿nadie se acuerda de cómo salió Florentino del Bernabeu?), por el talonario, el fichaje mediático, la primera del Marca y Ane Igartiburu. Por seguir tratando al socio blanco con ese paternalismo insultante que pretende convertirlos en niños caprichosos que se callan cuando les regalan el juguete de moda. Auguro unos años muy largos y muy caóticos para la parroquia blanca.
En el museo de la DDR hay un lugar destacado para un partido de fútbol que enfrentó, por única vez en la historia, a las selecciones nacionales de las dos Alemanias. Fue en 1974, en el marco de la fase final de la Copa del Mundo celebrada en la entonces República Federal Alemana. Ambos equipos se encontraron en la primera fase. Los occidentales contaban con un equipo temible en el que se alineaban mitos como Franz Beckenbauer, Sepp Maier, Paul Breitner o ‘Torpedo’ Müller. Los socialistas sólo tenían un combinado voluntarioso y bastante mediocre que ya había hecho más de lo esperado colándose en la fiesta del vecino.

El equipo de Alemania Oriental no ganó más partidos y no pasó esa primera fase, mientras que sus vecinos occidentales llegaron a una final que terminaron ganando injustamente a uno de los mejores equipos que haya visto la historia, la ‘Naranja Mecánica’ holandesa liderada por Johan Cruyff. Al acabar la final, la sentencia de Cruyff podría asumirse como epitafio en la tumba de esa forma de entender el socialismo derrotado años después: “No ganaron ellos, perdimos nosotros”.
En el mejor de los mundos, el mejor de los sistemas. Porque somos guapos y rubios y jóvenes. Tenemos una casa maravillosa en un suburbio de New York, dos maravillosos hijos, un trabajo estable y con posibilidades, un Cadillac con cromados y colores pastel y vecinos como nosotros, con los que compartir todas estas maravillas. Entonces… ¿Esto era la vida? ¿Esto era todo? Y nadie lo comprende pero tenemos que salir de aquí, de nosotros mismos, cuanto antes porque nos ahogamos. Entonces aparece el invitado de todos estos cuentos: el miedo. Y así, en nombre de la seguridad, de la madurez, de la responsabilidad, de la estabilidad y otros mil conceptos pervertidos, nuestros guapos y rubios amigos ceden a la náusea y acaban sucumbiendo en ella.
Mañana mismo, entre las 10 y las 12 de la mañana, un sexagenario que, por alguna extraña y cruel razón, pasa unos días en la casa de su hija, allá en el ensanche de Vallecas (o en las Tablas, o en las Rosas), paseará en chándal por calles sin rastro alguno de vida, masticando silencio y soledad y pensará por un momento si esto es lo que quería para su hija cuando la ayudó a hipotecarse; currar como una burra para encadenarse casi de por vida a unos cuantos ladrillos en medio de ningún sitio. Eso sí, en propiedad. Encienda la tele, señor mío, que Vd. no se merece esto.
El año que el Wimbledom subió a Premier tenían muy claro que, jugando al fútbol, no iban a llegar muy lejos. Vinnie comandaba una defensa que daba pánico en el sentido literal del término. Se hinchó a partir piernas y organizar tanganas a lo largo de toda su carrera y acabó haciendo cine como notable actor secundario, siempre en papeles de matón o facineroso (normal). En España tuvimos a Javi Navarro, pero no llegó a
Llegar al vestuario borracho en el descanso de un partido contra el Barça, recuperarse a base de cubos de agua helada y acabar metiendo dos goles son el tipo de cosas que Cádiz recordará para siempre del jugador salvadoreño. Un genio con el balón en los pies, en el tiro de lejos y en hacer lo que le daba la real gana tanto dentro como fuera del campo. Se siguen vendiendo camisetas amarillas con su nombre y con el 11.
El antihéroe del futbolista metrosexual. El Tato tenía más pinta de tendero de barrio o de funcionario público que de ídolo moderno. La estética obrera en el balompié. Un currante no exento de calidad que fue la referencia de aquel Logroñés en Primera. Había que tener mucho oficio para jugar al fútbol en Las Gaunas. Al Tato le sobraba. Un tío admirable.
Otro completo tarado. Una de las banderas de la mejor Colombia de la historia, la que le cascó un 0-5 a Argentina en Monumental. En lo bueno, recordamos su parada del escorpión en un amistoso en Wembley ante Inglaterra (hay que tenerlos para hacer eso en Wembley, camarada). De lo malo, lo peor, el principio de su fin; el error ante Roger Milla en octavos del Mundial de EE UU y que significó la eliminación de Colombia. Se merecía un tiro mucho más Escobar.
Ay, esa cabecita. Uno de los mayores talentos surgidos de la cantera de Anfield en los últimos años. Capaz de los regates más ratoneros, remates imparables y de encontrar huecos imposibles para aparecer detrás de la defensa. Nunca olvidaremos su camiseta de solidaridad con los estibadores del puerto de Liverpool en huelga, ni el día que se ‘esnifó’ la línea de fondo tras un gol ni cuando le insistió al árbitro en que se había tirado y que el penalty que pitó (y que, después, tiró a fallar) era falso. Una caja de sorpresas.
Con éste rompieron el molde. Delantero argentino en el peor sentido del término. Campéon del Mundo en el 78, de Houseman se cuentan mil y no se acaba. La mejor, para mí: René no se presenta a la reunión previa a un partido de Huracán (su club). El partido está a punto de comenzar y René no aparece. Técnicos y amigos recorren Buenos Aires buscando al jugador y, finalmente, lo encuentran en un suburbio, en una explanada donde de jugaban partidos con dinero de por medio. Y René Houseman, internacional absoluto, estaba… en el banquillo de los suplentes. Ángel Cappa, segundo entrenador de Independiente, se acerca y le pregunta: “René, ¿que hasés acá?” a lo que el delantero responde: “¿Qué querés que haga si el titular es un fenómeno?”. El tipo de personaje que uno siempre quisiera en su equipo.