La diferencia entre galerías comerciales, piazzas o atriums de los megacomplejos comerciales -y otros shopping malls edificados por iniciativa de la promoción privada- y las calles ‘peatonales’ y plazas ‘recalificadas’ bajo la égida de los poderes públicos tiende a esfumarse. En la práctica, el ciudadano queda reducido, la mayor parte del tiempo, al estatus de consumidor, excluyendo así a todos aquellos que, por falta de medios, no pueden aspirar a dicho estatus, y cuya presencia en estos lugares resultará, por lo tanto, incongruente. (…)
Sin embargo, hubo un tiempo en que las avenidas, las plazas y los parques, eran percibidos y experimentados como espacios de convivencia entre grupos sociales. Ciertos espacios urbanos fueron concebidos como una especie de válvula de escape para que las tensiones entre las clases y las etnias pudieran atenuarse, para que unos y otros se relacionaran entre sí alrededor de actividades de ocio y gustos comunes, aunque no se mezclasen entre ellos. Actualmente, en cambio, “esta visión reformista de los espacios públicos como emolientes de la lucha de clases, incluso como fundamento de la polis, parece tan obsoleta como las panaceas keynesianas para el pleno empleo” (Mike Davis, 1997).
Con sus bibliotecas, mediatecas, museos, auditorios, palacios de congresos, comercios de alta gama y sus restaurantes diferentes, los barrios renovados o rehabilitados del centro son cada vez más selectivos y exclusivos. Frecuentados mayoritariamente por la alta y media burguesía, están vetados de facto, sino de jure, a las capas populares.
“Contra los territorios de poder”
Jean Pierre Garnier








Aparte de constatar la obviedad de que ningún ser humano es ni puede ser ilegal, no hay delito que pueda ser imputado a estas personas en caso de que no tuvieran los papeles en regla, pues esto sólo es una falta administrativa. Incluso el hecho de esta falta no hace más que visualizar una hipocresía criminal: cuán abiertas están nuestras empresas y nuestros bancos a los recursos y el capital que llega allende nuestras fronteras y cuan poco para los ciudadanos de esos lugares que son víctimas de la rapiña capitalista y a los que no se deja más opción que huir o morir.
Cuatro furgonetas llenas de personas partieron rumbo al CIES de Aluche, una auténtica cárcel de condenados sin delito. Una prisión de diseño, pintadita en tono pastel, de verjas inacabables (en azulito) y parasoles cool en las ventanas para que no veamos ni