El pasado sábado 28 de noviembre, Delên, un delicioso grupo de Menorca, tocó por primera vez en Madrid. Como supongo que será en una de esas calas prometidas y nunca encontradas que nadie más que otro conoce, sólo fuimos ocho privilegiados los que tuvimos el gran placer de ‘cenarnos’ las canciones “dulces y saladas” de Len, Quim y compañía.
Les deseo toda la suerte del mundo sólo por lo buenos que son y porque se la merecen, pero de momento yo disfruto de esta cala secreta, sólo para mí, que son sus canciones.
Moltes gracies i fins aviat!.
Vine a cercar-me
i agafa’m fort
Vine a somiar amb jo,
que ja despertarem demá.
Veurem sortir es sol
i totes ses postes del món.
Vine, no t’ho pensis més,
que no som estrangers.
Vine tot sol,
ens trobaren enmig de s´horitzó.
Vine cap aquí
i agafarem sa lluna amb es dits.
Vine a cercar-me
i agafa’m fort
Vine a cercar-me
i queda aquí.
Vine tot sol,
ens trobaren enmig de s´horitzó.
Vine cap aquí
i agafarem sa lluna amb es dits.
Vine a cercar-me
Vine a cercar-me.
www.delen.es
www.myspace.com/delengrup (escúchalos aquí)
Foto: Tofol Pons



En el mejor de los mundos, el mejor de los sistemas. Porque somos guapos y rubios y jóvenes. Tenemos una casa maravillosa en un suburbio de New York, dos maravillosos hijos, un trabajo estable y con posibilidades, un Cadillac con cromados y colores pastel y vecinos como nosotros, con los que compartir todas estas maravillas. Entonces… ¿Esto era la vida? ¿Esto era todo? Y nadie lo comprende pero tenemos que salir de aquí, de nosotros mismos, cuanto antes porque nos ahogamos. Entonces aparece el invitado de todos estos cuentos: el miedo. Y así, en nombre de la seguridad, de la madurez, de la responsabilidad, de la estabilidad y otros mil conceptos pervertidos, nuestros guapos y rubios amigos ceden a la náusea y acaban sucumbiendo en ella.
Mañana mismo, entre las 10 y las 12 de la mañana, un sexagenario que, por alguna extraña y cruel razón, pasa unos días en la casa de su hija, allá en el ensanche de Vallecas (o en las Tablas, o en las Rosas), paseará en chándal por calles sin rastro alguno de vida, masticando silencio y soledad y pensará por un momento si esto es lo que quería para su hija cuando la ayudó a hipotecarse; currar como una burra para encadenarse casi de por vida a unos cuantos ladrillos en medio de ningún sitio. Eso sí, en propiedad. Encienda la tele, señor mío, que Vd. no se merece esto.
