Tashkent. Recuerdos de la U.R.S.S.
La capital de Uzbekistán, la ciudad de piedra no es para muchos viajeros más que la hermana grande, hacendosa y funcional de Samarkanda y Bukhara. Pero Tashkent es una metrópolis en un sentido muy diferente al occidental. La mezcla de razas es turbadora, excesiva. Un reflejo de la artificialidad de las fronteras de todos estos estados donde los pueblos solo han sido dueños de la tierra que pisaban más allá de su origen étnico. La era roja convirtió a Tashkent en la referencia urbana de Asia central, el punto donde se cruzaban nómadas, viajeros e invasores con el mestizaje local, ya de por sí desmedido.

Tashkent es un ciudad espaciosa, trufada de zonas verdes. Está llena de barrios obreros de estilo soviético, pero tienen personalidad, alegría. En cada uno hay un diseño diferente, fachadas decoradas, colores, ornamentos en las ventanas.
Urbanismo dirigido, horizontal y amable, pero también ajeno a los usos locales hasta entonces. No deja de ser algo absurdo encontrar esos mismos modelos de distribución del espacio en Europa oriental, cuando el clima pide calles estrechas para proteger a la gente del sol o del frío. Aún con todas sus contradicciones, el socialismo le dio a esta ciudad un nivel de civilización y progreso más allá de lo que cualquiera de sus habitantes podría haber soñado jamás.
Hay un ejemplo muy visible de la intención del socialismo de llevar el poder de arriba a abajo, a la base. El lujo concentrado antaño en palacios y catedrales (que aquí no había), desapareció. Entonces lo llevaron abajo y más abajo, al metro. Cada estación es un museo imposible y perfecto. Todos distintos. Todas las vanguardias, lo más excelso de la producción artística soviética se quedaba en el metro. Allí están los cosmonautas, los héroes de los niños de una generación, los científicos, los artistas, los soldados, la historia, las conquistas, las cosechas.
Tashkent tiene tres centros y tres cabezas. El centro antiguo, en Chorsu; barrio de calles estrechas y mezquitas donde se venden samsas en carritos de bebé de los años 50. El centro soviético, monumental, perfecto, armonioso, con parques tomados por libreros y niños jugando en las fuentes. El centro moderno, mirando a occidente, de bancos y hoteles de lujo, donde la gente sólo transita. Pero ni aún aquí se encuentra un McDonald’s o un Starbucks.

Los viejos Ladas comparten las enormes avenidas con los nuevos turismos coreanos. Las tuberías de gas y agua pasan sobre las calles en arcos absurdos. Bancos de niebla con olor a shashlik y cilantro. Hiyabs y minifaldas. En la plaza de los Cosmonautas la chavalería intenta un nuevo truco sobre sus monopatines bajo la mirada de los conquistadores de las estrellas.