Después de tanto desierto uzbeko y el hostión emocional con la desolación del mar de Aral decidimos darnos una vuelta por el vecino Kirguizistán. En Bishkek, la capital, no hay nada, así que nos fuimos a ver montañas, que es lo que hay en Kirguizistán. De todos los tamaños y colores.
Fuimos hasta Kochkor, donde llegamos de madrugada después de un atasco de dimensiones cortazarianas para subir a la mañana siguiente hasta el lago de Song Kol. Dos horitas de viaje en los que un par de urbanitas irredentos miraban asombradísimos esas cosas extrañas que son como edificios piramidales sin ventanas y que se llaman “montañas”.

Y llegamos al lago, una gigantesca explanada verde y brillante hasta llegaba la vista (que es donde empezaban más montañas). Song Kol es un antiguo circo glaciar, poblado en verano por manadas de caballos, ovejas, vacas y un poco de gente. A 3.050 metros de altitud hace frío y no llevábamos más equipo que una sudadera. Dormimos en una yurta, con una familia kirguiz a la que no entendíamos por mucho que sonrieran. Por las noches nos echábamos encima toda la ropa de abrigo que encontrábamos para contar estrellas. Todo lo que había que hacer era mirar el paisaje, y no nos cansamos de hacerlo.
Los caballos aquí son como las bicis en Amsterdam. Daniel, un alemán que encontramos paseando, me enseñó a montar. Y no se me dio mal, al parecer. La sensación del galope de aquel pequeño caballo mongol por las orillas del lago fue de las mejores cosas de este viaje.
Bajamos de Song Kol llenos de energía para emprender la segunda parte del periplo kirguiz que nos llevaría, en una odisea tan absurda como hermosa, hasta la ciudad de Osh. La naturaleza, en este estado tan puro, seguirá siendo un misterio para aquella parejita de Lavapiés.





Visitar maravilla tras maravilla puede llegar no sólo a aburrir, sino a dejarte deslumbrado y hacer que no veas esas cosas realmente interesantes. Cosas, como el mar de Aral, que no deberían ser vistas porque no debieran haber sucedido jamás. Y vale la pena cruzar medio planeta para enfrentar un horror de estas dimensiones. Ese tipo de cosas que, por mucho que te cuenten, nunca vas a entender si no las ves con tus propios ojos. Ni aún así.
Supongo que alguno de los círculos del infierno de Dante se parecería a esto. La piedad y la rabia que despiertan los cadáveres de los otrora orgullosos y alegres pesqueros te bloquean. Varados en medio de una arena envenenada que un día fue el lecho marino. Parece que te miran, que te preguntan qué ha pasado y por qué. Que dónde se han ido el agua y las olas y las mareas. Por qué hay polvo seco donde había brisa y por qué se muere la gente al respirar.

La capital de Uzbekistán, la ciudad de piedra no es para muchos viajeros más que la hermana grande, hacendosa y funcional de Samarkanda y Bukhara. Pero Tashkent es una metrópolis en un sentido muy diferente al occidental. La mezcla de razas es turbadora, excesiva. Un reflejo de la artificialidad de las fronteras de todos estos estados donde los pueblos solo han sido dueños de la tierra que pisaban más allá de su origen étnico. La era roja convirtió a Tashkent en la referencia urbana de Asia central, el punto donde se cruzaban nómadas, viajeros e invasores con el mestizaje local, ya de por sí desmedido.
Urbanismo dirigido, horizontal y amable, pero también ajeno a los usos locales hasta entonces. No deja de ser algo absurdo encontrar esos mismos modelos de distribución del espacio en Europa oriental, cuando el clima pide calles estrechas para proteger a la gente del sol o del frío. Aún con todas sus contradicciones, el socialismo le dio a esta ciudad un nivel de civilización y progreso más allá de lo que cualquiera de sus habitantes podría haber soñado jamás.
Hay un ejemplo muy visible de la intención del socialismo de llevar el poder de arriba a abajo, a la base. El lujo concentrado antaño en palacios y catedrales (que aquí no había), desapareció. Entonces lo llevaron abajo y más abajo, al
Tashkent tiene tres centros y tres cabezas. El centro antiguo, en Chorsu; barrio de calles estrechas y mezquitas donde se venden 
Pero hete aquí que a una multinacional de la alimentación (piense Vd. en Nestlé o en Coca-Cola) se le ocurre comprarle la patente la friqui aquel. Esto pasa desapercibido. Un par de años después, no hay programa de salud o suplemento dominical que deje de cantar las bondades del gazpacho, sin saber nadie muy bien por qué, así de repente, asociando a la famosa sopa fría andaluza la vitalidad de los Reyes Católicos para culminar la reconquista o las preclaras ideas de los filósofos griegos. Y de repente la multinacional de turno dice que, como son ellos los propietarios del nombre, el resto de empresas no pueden llamar gazpacho al gazpacho que comercializan. Bueno, cosillas de la propiedad intelectual. Con llamarlo “Gazpi” o “Zpach” sigue la cosa.
Pero la irreverencia del personal con la propiedad intelectual es asombrosa; siguen haciéndolo en casa aprovechándose de que la receta es pública. El estado se pone manos a la obra y, en aras de mantener el derecho de la industria a la explotación de sus patentes y sus beneficios, grava con un impuesto especial tomates, pepinos, cebollas y ajos; pues su uso para producir gazpacho es potencialmente peligroso para los intereses de la libertad de empresa. Se producen revueltas entre los agricultores que necesitan de la intervención de la fuerzas del orden y acaban con los bombardeos de las riberas de varios ríos marroquíes y de la huerta murciana. Pero el desafío a la democracia y el libre mercado no cesa y algunos “grupos organizados de hortoterroristas” se dedican a plantar ellos mismos tomates, pepinos y cebollas sin control alguno de la administración. Los liberal-demócratas de la oposición acusan al gobierno de turno social-liberal de no haber implantado a tiempo el uso exclusivo de semillas transgénicas de estas hortalizas, que tantos puestos de trabajo habrían creado y hubieran ahorrado la necesaria intervención militar contra los enemigos de la libertad. Un cuerpo específico de policía se dedica a buscar y destruir estas huertas ilegales y poner ante la justicia a los criminales responsables.
Organizaciones ecologistas y partidos políticos que se oponen a las medidas son ilegalizados y los vegetarianos pasan a ser potenciales delincuentes… el “entorno”, los definen los medios. Mientras, en Brasil, se deforestan millones de hectáreas del Amazonas para cultivos extensivos de tomates y cebollas. Los agricultores locales se suicidan en masa y la demanda de gazpacho no cesa de crecer al calor de las más delirantes y desproporcionadas técnicas publicitarias. Gazpacho es vida, es libertad, es juventud, es salud.