Salir un miércoles en un autobús de línea para ver un partido en Bilbao y volver al día siguiente es el tipo de locura que jamás comprenderá alguien no aficionado al fútbol. Sinceramente, yo tampoco lo comprendo, pero el pasado miércoles 11 yo no me chupé cinco horas de bus para ver fútbol, lo hice para visitar el estadio de San Mamés, la Catedral.
Desde fuera desmerece un poco, con ese recubrimiento blanco que le hace parecer una fábrica más de la margen izquierda del Nervión, pero lo arregla la vista de este templo desde la calle Poza con el gigantesco escudo del Athletic presidiendo la entrada de la afición. Una afición, la bilbaína, de las más educadas y apasionadas que haya tenido el gusto de conocer. Cuando el Athletic se lo gana, el estadio no canta, ruge. San Mamés es un estadio de distribución elegante, al estilo de los viejos campos ingleses, con sus columnas y sus rincones.
A la Catedral se entra con humildad y respeto. Y no huele a incienso, como debiera un lugar santo. La humedad de la ría levanta hasta las gargantas el aroma de esta hierba centenaria y mítica.
Nuestro momento de gloria no presupuestado llegó con el empate que implicaba la clasificación para la siguiente ronda de nuestro Rayo Vallecano. San Mamés fue Vallecas durante los últimos minutos ensordecida por “la vida pirata” que 200 privilegiados entonábamos desde el córner.
El pasado miércoles el Rayito pasaba su eliminatoria mientras yo cumplía un sueño. El aroma del césped de la Catedral se quedará, para siempre, en mi memoria.



Después de tanto desierto uzbeko y el hostión emocional con la desolación del mar de Aral decidimos darnos una vuelta por el vecino
Fuimos hasta Kochkor, donde llegamos de madrugada después de un atasco de dimensiones 
Los caballos aquí son como las bicis en Amsterdam. Daniel, un alemán que encontramos paseando, me enseñó a montar. Y no se me dio mal, al parecer. La sensación del galope de aquel pequeño caballo mongol por las orillas del lago fue de las mejores cosas de este viaje.




Visitar maravilla tras maravilla puede llegar no sólo a aburrir, sino a dejarte deslumbrado y hacer que no veas esas cosas realmente interesantes. Cosas, como el mar de Aral, que no deberían ser vistas porque no debieran haber sucedido jamás. Y vale la pena cruzar medio planeta para enfrentar un horror de estas dimensiones. Ese tipo de cosas que, por mucho que te cuenten, nunca vas a entender si no las ves con tus propios ojos. Ni aún así.
Supongo que alguno de los círculos del infierno de Dante se parecería a esto. La piedad y la rabia que despiertan los cadáveres de los otrora orgullosos y alegres pesqueros te bloquean. Varados en medio de una arena envenenada que un día fue el lecho marino. Parece que te miran, que te preguntan qué ha pasado y por qué. Que dónde se han ido el agua y las olas y las mareas. Por qué hay polvo seco donde había brisa y por qué se muere la gente al respirar.

La capital de Uzbekistán, la ciudad de piedra no es para muchos viajeros más que la hermana grande, hacendosa y funcional de Samarkanda y Bukhara. Pero Tashkent es una metrópolis en un sentido muy diferente al occidental. La mezcla de razas es turbadora, excesiva. Un reflejo de la artificialidad de las fronteras de todos estos estados donde los pueblos solo han sido dueños de la tierra que pisaban más allá de su origen étnico. La era roja convirtió a Tashkent en la referencia urbana de Asia central, el punto donde se cruzaban nómadas, viajeros e invasores con el mestizaje local, ya de por sí desmedido.
Urbanismo dirigido, horizontal y amable, pero también ajeno a los usos locales hasta entonces. No deja de ser algo absurdo encontrar esos mismos modelos de distribución del espacio en Europa oriental, cuando el clima pide calles estrechas para proteger a la gente del sol o del frío. Aún con todas sus contradicciones, el socialismo le dio a esta ciudad un nivel de civilización y progreso más allá de lo que cualquiera de sus habitantes podría haber soñado jamás.
Hay un ejemplo muy visible de la intención del socialismo de llevar el poder de arriba a abajo, a la base. El lujo concentrado antaño en palacios y catedrales (que aquí no había), desapareció. Entonces lo llevaron abajo y más abajo, al
Tashkent tiene tres centros y tres cabezas. El centro antiguo, en Chorsu; barrio de calles estrechas y mezquitas donde se venden 